Un mes de estallido social: 4 razones por las que Piñera tiene que renunciar

En un sistema hiper presidencialista como el que tiene nuestro país, la sola idea de que un mandatario democráticamente electo con la amplia mayoría de los votos de aquellos que acudieron a las urnas -como fue el caso de Sebastián Piñera en diciembre de 2017- tenga que abdicar, genera los peores fantasmas políticos, tanto en la izquierda como en la derecha.

Esto, porque la mayoría de los enfrentamientos políticos en la historia de Chile que han tocado la figura presidencial han terminado en un baño de sangre o en graves trastornos sociales: Balmaceda en 1891, Arturo Alessandri en 1924, Salvador Allende en 1973, por nombrar los casos más connotados.

Pero en pleno siglo 21, con una democracia relativamente consolidada, si bien bastante imperfecta, las chilenas y los chilenos no deberíamos tener temor a la salida de un Presidente si ésta se genera a través de mecanismos institucionales establecidos. Cuando el presidente de derecha del gobierno español Mariano Rajoy fue depuesto en un voto parlamentario por el líder del PSOE Pedro Sánchez, nadie habló del fin de la democracia en ese país. Lo mismo cuando el conservador Helmut Kohl “derrocó” al socialdemócrata Helmut Schmidt en Alemania en 1983.

Desde luego, el sistema parlamentario europeo tiene mecanismos bien establecidos para que las ‘caídas’ de los gobiernos no sean traumáticas, cosa que no sucede en nuestro sistema político. La caída de un Presidente, en Chile, es como la caída de un monarca antes de la Revolución Francesa: un hecho traumático que, muchas veces, sume a una nación en el caos e incluso la guerra civil.

Pero no hay que dramatizar tanto. El levantamiento social en Chile ha sido mayoritariamente alegre -basta con observar como en estos días los manifestantes a lo largo de Chile les piden a los automovilistas bailar para hacerlos pasar por la muchedumbre- pese a los intentos de La Moneda y de los medios de comunicación tradicionales de mostrar una cara violenta, y minoritaria, de las masivas movilizaciones.

Esto no quiere decir que no existan delincuentes que se aprovechan de la situación. Después de todo, los portonazos repentinamente dejaron de ocurrir. Pero de ahí a criminalizar el clamor de millones de chilenas y chilenos en contra de un modelo económico que los tiene ahogados en deudas para acceder a servicios básicos, hay un salto cuántico.

A estas alturas, la mayoría de los chilenos -independientes de sus preferencias ideológicas- ha llegado a la conclusión que el gran obstáculo para una salida al estallido social que se cristalizó el 18 de octubre es el propio Sebastián Piñera, quien ha simbolizado en su persona todo lo que se quiere cambiar. Las opiniones y las razones para ello difieren, pero la conclusión es la misma.

A continuación cuatro razones por las cuales Piñera debería dar un paso al costado.

1.- Por las graves violaciones a los derechos humanos

 Lo sucedido en las últimas semanas no se trata de ‘excesos’ de la fuerza policial y militar. Todo indica que se han producido violaciones sistemáticas a los derechos humanos, como Chile no conocía desde fines de la década de los 80, en plena dictadura de Augusto Pinochet. Numerosos organismos internacionales han mostrado una seria preocupación por un nivel de represión que coloca a Chile por encima del conflicto palestino-israelí en heridas como la de más de 200 jóvenes manifestantes que han perdido sus ojos por los perdigones de Carabineros.

De hecho, en solo tres semanas la cantidad de heridos oculares chilenos graves equivale al 70% del total mundial en casi tres décadas de heridos por armas no letales, si se toman los datos de una investigación de 2017 publicada en  journal BMJ . Un récord muy triste para un país que hasta hace unas semanas se vanagloriaba por sus buenas posiciones en ránkings económicos y de competitividad.

Hasta ahora, Piñera y sus ministros no han tenido ningún gesto de humanidad hacia estas víctimas. Más bien al contrario: en sus discursos han sugerido que estas chilenas y chilenos gravemente heridos en estas semanas, no son inocentes, es decir, se trataría de delincuentes y no de manifestantes, ofreciendo un respaldo irresponsable a Carabineros, que no ha sabido hasta hoy estar a la altura de las circunstancias.

Además la arista judicial está recién abriéndose, habiendo ya querellas por crímenes de lesa humanidad contra Piñera, sus ministros y carabineros y militares bajo su mando. De tal modo, dar con la verdad de los hechos y sancionar a los responsables, con el presidente en ejercicio como el principal responsable político (y tal vez penal) del fenómeno judicial que empieza, en un régimen hiperpresidencialista, es un despropósito que puede afectar seriamente la impartición de Justicia, y -cómo no- la paz social.

2.- Por el derrumbe económico

Para un Gobierno y sector político que ha hecho del crecimiento económico un mantra superior del desarrollo, la insistencia de La Moneda en alargar la crisis para no dar su brazo a torcer, está generando un serio daño a la actividad económica, con caídas estrepitosas en los indicadores de exportaciones, consumo e inversión, lo que llevó a nuevas bajas en las expectativas de crecimiento, sin descartar entrar en recesión en algún momento. 

Mientras La Moneda y los medios tradicionales insisten en que los saqueos paralizan la actividad económica, sobre todo de las pymes. Pero la realidad en Maipú, Puente Alto, Pedro Aguirre Cerda, Santiago, Conchalí, Las Condes, Viña del Mar, Valparaíso y Concepción- es más matizada. Los saqueos a locales pymes han sido mínimos -a diferencia de las cadenas de grandes marcas que, efectivamente, han sufrido fuertes ataques- y lo que más los afecta es la continua guerra que Piñera le ha declarado al movimiento social, lo cual asusta a muchos ciudadanos y los mantiene alejados de comercio y restoranes. No hay que olvidar que más del 50% del Producto Interno Bruto del país proviene del consumo.

Y, que conste, el argumento económico fue el más esgrimido por el propio Piñera y amplios sectores de la derecha chilena para pedir un cambio de régimen… en Venezuela.

Por el contrario, la renuncia del presidente dentro del marco institucional podría tener efectos positivos para la economía, pues hasta ahora la principal crítica ciudadana es hacia los abusos y los excesos del sistema económico, pero no ha cristalizado hacia posturas necesariamente radicales, lo que puede cambiar con la permanencia de Piñera en el poder.

3.- Por pudor y decencia

 Para nadie es un misterio que Piñera forjó su carrera financiera y política jugando al límite. Basta con recordar el Banco de Talca, el PiñeraGate, los sobornos y el uso de información privilegiada mientras era accionista de LAN Chile, o Exalmar. Nada de eso impidió que fuera electo en 2010 y en 2017.

Y esto año se supo que durante más de tres décadas Piñera no había pagado las contribuciones de una de sus propiedades de veraneo en el sur del país; que sus hijos Sebastián y Cristóbal se fueron de viaje de negocios a China con su padre y que Hopin, uno de sus emprendimientos, obtuvo millonarios contratos con agencias del Estado; que su hija Cecilia, dueña de una herencia de unos US$ 150 millones, postuló y obtuvo a un bono de 200 mil pesos en la Universidad de Chile, donde ejerce como docente en la Facultad de Medicina; y que Magdalena obtuvo hace dos meses que Carabineros custodiara su casa mientras estaba de vacaciones fuera del país.

Hasta ahora, los ciudadanos perdonaban estos pecados, a cambio de la esperanza de que Piñera generara mejores condiciones de vida para los chilenos. Pero como como los tiempos mejores y los arriba los corazones no llegaron, los pecadillos de Piñera se convirtieron en delitos a ojo de muchos.

¿Qué autoridad moral tiene un Presidente de la República que, a lo largo de toda su vida, ha beneficiado a su familia y a sí mismo, mientras exige sacrificios a 17 millones de chilenas y chilenos?

¿Cómo el mandatario se puede indignar con los vándalos que destruyen algunas negocios si él mismo ha sido un vándalo en el sistema financiero chileno?

4.- Por una posible incapacidad mental

A estas alturas, hay mucha gente que duda acerca de la estabilidad emocional del Presidente de la República.

Ciertamente, hay cosas que corresponden a un simple aprovechamiento político. Ejemplo de ello es cuando celebró el hecho de que 1,2 millones de personas se manifestaran el 25 de octubre en contra de su gobierno. Tratando de darle un aire festivo, auxiliado por opinólogos que trataron la mayor convocatoria en la historia de Chile como un Lollapalooza recargado, Piñera trató que ese evento fuera visto como un llamado de atención a todo el mundo, y no como lo que fue: una protesta en contra suya.

Pero, cada una de sus acciones han demostrado que está completamente desconectado de la realidad del país -más allá de la caricatura que hizo de sí mismo cuando fue a comer pizza al inicio de la crisis- y, lo que puede ser más grave, de su sentido personal de la realidad. 

Un ejemplo claro fue cuando afirmó en una reciente entrevista a la cadena británica BBC que él también había estado en las manifestaciones. Desde luego, ningún medio chileno le contrapreguntó acerca de ello. Pero hay que detenerse en esto que parece ser un detalle. ¿En serio el presidente Piñera cree que ha estado en las manifestaciones? ¿Está sufriendo de alucinaciones, o se refiere a que ha visto informes de estas protestas?

No se trata de preguntas retóricas, porque todo indica, que de manera creciente y acelerada, el presidente está perdiendo -tal vez por estrés- todo contacto con la realidad social.

Los efectos de esta posible incapacidad son evidentes en materia de gobernabilidad.

Invariablemente sus anuncios en materia social y de seguridad, no han logrado aplacar la ira de los ciudadanos, ni han sucitado el respaldo de su sector. Esto, en un contexto en que cada decisión más o menos razonable ha llegado varios días tarde y ha sido ineficaz por lo mismo; el congelamiento del pasaje del Metro, la defenestración de Chadwick y los ministros más polémicos, el fin de los estados de emergencia, entre otras, como puede llegar a ser instruir a Carabineros -finalmente- que deje de cegar ciudadanos.

Tampoco ha habido mayor efecto en cuanto sus decisiones políticas, pues -por ejemplo- el cambio de gabinete fue tan solo una especie de promoción del piñerismo juvenil en reemplazo de fusibles que debieron saltar hace rato (su primo Andrés Chadwick, en enero, tras la muerte de Camilo Catrillanca). No hubo, de tal modo, sangre fresca para iniciar una segunda etapa de la crisis, y se nota en la falta de perspectiva para encontrar un diagnóstico acertado -definitivamente no sirve la idea de que estamos en esto, porque los chilenos estamos presos de nuestro propio éxito- y soluciones consistentes con ese diagnóstico.

Así, nadie comprende -por ejemplo- por qué llamó al Consejo de Seguridad Nacional, un evento ampuloso, pero sin ninguna trascendencia. En la misma línea, tampoco se comprenden bien las insinuaciones que hace acerca de que Chile estaría siendo atacado por potencias extranjeras. Ambos aspavientos finalmente lo dejan cada más cerca de las palabras de su esposa, Cecilia Morel, cuando vio alienígenas en los causantes de los desórdenes de este estallido social.

1+1+1+1= La renuncia

Y eso lleva a preguntarse: ¿Existen mecanismos legítimos e institucionales para sacar de circulación a un mandatario que ha perdido todo cable a tierra?

Sí existen, y hay que usarlos. En nuestra opinión, largamente debatida y discutida -y sin tener unanimidad absoluta- hemos llegado a la conclusión que como medio de prensa es nuestra responsabilidad pedirle al presidente Sebastián Piñera que renuncie a su cargo, que asuma el vicepresidente y que se convoquen a elecciones anticipadas.

Esto permitirá al país sumirse en una reflexión política necesaria y profunda, respecto de lo que quiere para los próximos años y décadas. No hay que temerle a esa reflexión ciudadana, pues Chile tiene la madurez suficiente y la experiencia histórica como para -al fin- reivindicar propositiva y sabiamente la soberanía popular, y dotarse de las vías institucionales, políticas, económicas y sociales del cambio que se necesita urgentemente.

¿Golpe de Estado blando? No, para nada. Lo que se pide es usar los mecanismos normales e institucionales para salir del pantano creado por el propio mandatario y por un régimen hiperpresidencialista que se lo permite. De lo contrario, sí caeremos en un caos total.

Artículo Extraído de Interferencia.cl

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